LMO 12+1
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Doce + 1 (14.05.2015) Jamón; Ivonne Sánchez Barea, Luis Molina Fernández (mis vecinos y amigos en Cájar), Raúl Ciro (el defecón en jefe) y Gladys Gómez de público. Nada, a escuchar que se habla de todo y de na, chachachá y acordeón, pendejón... No sufras, congratúlate. ---------------------------------------------------------------------------- CRÓNICA DE UN VIAJE EN EL TIEMPO Amanecí algo sobre saltada por un mal sueño, en el me caía por una escalera durante un acto al cual debería acudir en las horas de la tarde. Salimos Luis y yo, antes de que apretara el anómalo calor de mayo, para hacer varias diligencias. Regresamos antes del mediodía, y nos dispusimos a tomarnos un café. Golpearon a la puerta y salió Luis. Me había llegado la caja que contienen los libros en versión bilingüe de mi última publicación desde Estados Unidos. Embargada por la emoción de recibir ese hijo tan elaborado, pensado, sentido y deseado que me ha llevado 10 años tener entre las manos, de repente, mientras firmaba el albarán de entrega, escucho que me saludan. Giro mi cabeza hacia la derecha del callejón y me sorprende Raúl y su madre, la Señora Gladys. Como es costumbre nuestra, de Luis y mía, los invitamos a pasar. Conversamos y nos tomamos unas tapas. La plática oscila entre lo trascendente y lo intrascendente, se nos desnudan las almas cuando hacemos referencia a los orígenes, a los caminos de la vida, las familias y dejamos desgranar nuestras esperanzas, nuestras ilusiones, sueños que se van consolidando en las vías de nuestras existencias. Casi al despedirnos, mientras la Señora Gladys recorría con su mirada, la galería colgada sobre el cielo raso del comedor, Raúl observa la pluma de cigüeña que me regaló y la cual como un talismán tengo frente a los galardones en la biblioteca. De repente, me pregunta; - ¿Tienes discos de vinilo?-, – Claro que tengo alguno – respondí. Inmediatamente subió Luis hasta la tercera planta para rescatarlos del estante donde reposa el tiempo. Esos discos tienen historia; no son precisamente los preferidos, ni los que contienen la música de mi vida. Son vinilos que como ruedas de los años han realizado el trayecto en avión desde la casa paterna. Rescatados uno a uno como tesoros, como si se hubieran guardado en los bolsillos como preciosos guijarros, como luceros pescados del cielo. Los verdaderos tesoros musicales de mi vida, están en poder de otras personas; mi exmarido, mi hermano, y quien sabe quién más. Los que tiene mi hermano, son aquellos discos que en el año 1975, ante la imposibilidad de traerlos a España, quedaron en el inmenso cajón de madera detrás del sofá. Ellos, tenían nuestro nombre personales o el de la familia manuscritos en la parte posterior de las caratulas, algunos estaban numerados, ya que mi padre siempre ha tenido la costumbre de hacer relación e inventario de libros, discos, agendas, periódicos, revistas, y así un largo etc. Mis doce discos preferidos, los que cupieron en la caja metálica especial para transportar discos, esa que vino junto a mi maleta y mi guitarra en 1975, esos doce discos están en la alacena o repisa del padre de mis hijos, supongo, y no se cual habrá sido su destino. Sin embargo, preguntaré a mis hijos, la posibilidad que regresen a las manos de su dueña. Esos doce discos, si eran la música de mi vida aquel año en que llegue a España, antesala de la democracia y epilogo de la dictadura que aún se respiraba. En ellos se escuchaban melodías que marcaron los años jóvenes; el primer baile, el primer beso, el primer amor, letras que en la memoria hoy cuarenta años después, se han diluido como tintas en el agua. Al ver Raúl los discos, nos propuso y convoco para las horas de la tarde en su casa a fin de emitir en directo nuestras impresiones en su serie Obsoletos 12 + 1. Pues bien, acudimos puntualmente a la cita, nos dispusimos ante los micrófonos, con los cascos y auriculares, él tenía preparado su estudio con todo cuidado, el anfitrión estaba dispuesto. Los invitados expectantes, Luis algo nervioso, pero a la vez pausado y atento ante la vivencia que se presentaba. Yo dispuesta a sorprenderme con el azar que se estaba determinando. Empezó la magia: sin planificar que escucharíamos antes o después, sin guion previo, sin preámbulos, sin grandes parafernalias, empieza nuestro momento hacia el mundo. Suena la música, y me llegan a la mente aquel mayo del 1968, en Paris. Como si doblásemos las páginas de la vida y abriésemos de los pliegues de un acordeón, esos vinilos toman vida, tendieron puentes entre mi niñez, mi adolescencia, la vida de mi padre, su estancia allá por los años 40 en Buenos Aires, y llegaron a mi cerebro, Bogotá, Miami, la casa, el patio trasero, la cocina, la música en los transistores ocultos bajo las almohadas de las nanas con los sones y los merengues Vallenatos. Los tangos, ver bailar a mis padres, sus entrecruzadas piernas, las tertulias, los años; cuantos años… Raúl, combinó por destino la música, y se fue dibujando un cuadro entre la memoria auditiva, y las imágenes, mientras ambos hablábamos de nuestras sensaciones y percepciones, de y por la música. Un puente atemporal, una autopista se extendió en el espacio, y estaba allí en la sala de Raúl, pero también estaba en Nueva York. En Cájar desde la historia de Luis, su vida, y la mía. El pasado el presente y el futuro se fusionaron, atravesando las siete notas del pentagrama, que combinadas se elevan a la “X” potencia, para llevarnos y traernos en micras de segundos de un lugar a otro, de una sensación a otra. En conclusión hicimos catarsis de las vidas, realizadas con y a través de esos planos, rígidos y frágiles círculos negros, que llevan surcos grabados desde el perímetro hacia el centro. Una hipnosis regresiva, que desvela el tul de la memoria para volvernos a sentir desde lo auténtico, nuestro verdadero “yo”. Cambiamos hoy nuestra agenda, y en lugar de estar en el auditorio en el que soñé me caía, estuve en el más increíble viaje… al otro lado de mi calle, donde las campanas resuenan, allí, hallamos un túnel, un agujero de gusano, un toroide, que nos suspendió, quitándonos la gravedad de los años para volar, más allá, desde el aquí y ahora. Gracias Raúl por darnos la oportunidad de vivir la magia, por regresarnos a la niñez, por hacernos recordar y meditar desde la esencia de quienes somos. Luís Molina e Ivonne Sánchez Barea
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